lunes, 25 de junio de 2012

jueves, 12 de enero de 2012

viernes, 27 de agosto de 2010

"Milonga de una sonrisa soñada en voz alta"

Milonga de una sonrisa soñada en voz alta

“Caminé todas las calles
De Buenos Aires, y es cierto,
A bordo de mis zapatos
Que siempre llegan a viejo…

…a bordo de mis zapatos
Cruzo la vida y la quiero”.
“A Bordo de mis zapatos”, Eugenio Majul

Frente al Obelisco, allí entre calle Florida y el Teatro Colón, perdí su sonrisa. La vi escaparse por medio de los rostros desconocidos de estos hermanos argentinos. Se escondió tímidamente fugaz entre mis palabras mudas, pero con la fragancia de mi mirada.
Así – tan solo como el obelisco – quedé a merced del oleaje humano de la capital de Argentina.
De pronto la inmensa noche bonaerense se presentó incitante. Las mujeres desfilaban con sus sinuosas caderas dejando estelas de invitaciones anónimas y de ensueño. Los bares se abrían cómo fértiles racimos de copas espumosas y etéreas. La gente pasaba de un lado a otro faltándole el respeto a la medianoche, que allí no era sino un transeúnte más.
Mis pasos (ahora erráticos y débiles), se confundían. Llevaban de librería en librería mi cuerpo, presentándole nombres como en un cementerio de letras. Por ahí se asomaba Sócrates y Dante, por allá Cortázar y Borges, por acá Kafka.
La música de Discépolo sonaba en otro espacio, quizá perdido en un susurro de Piazzola. Todo parecía inmiscuirse, doblegarse, entramarse, desaparecer.
Taxis y buses se acompañaban cual fieles amantes de un tango gardeliano. Uno al lado del otro se encaminaban a inciertos destinos con personas aún más inciertas.
Pero la tarde seguía su camino infatigable y desdeñosa, como una caprichosa joven que no escucha los suspiros sordos de un soltero trasnochado. La noche, con su disfraz de madrugada, esperaba tranquila el momento de su resurrección.
Tomé un remis. Sentí que el chofer fatigaba su sabiduría de conocedor porteño mientras mis pensamientos volaban lejos, perdidos en las calles de un Buenos Aires fraterno. Bajé a la altura de calle Piedras, por Avenida de Mayo y traspasé el dintel que mucho antes cruzara García Lorca, Neruda, la Storni, Serrat... Allí, sentado entre tanta historia e imaginación, mis húmedos labios recrearon sus labios ahora de cristal.
Un leve resplandor de mis ojos se fue cielo arriba bailando una milonga con el humear de mi cigarrillo, mientras la copa se quedaba vacía dejando en los hielos, póstumos rastrojos de licor…
- Sí, andá... Salió del “Tortoni” algo bebido. En la avenida deambuló un poco, entre coches y omnibuses, ¡pero qué va! Luego lo vi irse de una acera a otra como intentando pillar el rumbo o tal vez otra cosa. No sé, qué se yo. Yo me ocupaba de las estrellas. Me pedían a gritos que las dejara marchar. Además debía cambiarme de traje. Ya llegaba la mañana.
…No sé bien como llegué al hotel. Creo que subí a rastras los peldaños, susurrando una canción confusa y melancólica. De lo único que estoy seguro es que tu sonrisa no se me había perdido. ¡Qué imbécil! Había estado siempre allí, en mi cabeza. Sólo era necesario cerrar los ojos.

Buenos Aires, Argentina, 2004

RobertoMárquez

RobertoMárquez
Illapu